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opinión 

El arco iris será algún día albiceleste 

19/03/2017 - 

VALENCIA.  Pocas semejanzas se pueden establecer entre el Barcelona y el Valencia,  otrora en la misma Liga y separados ahora en las antípodas del errático desgobierno singapurense de la entidad valenciana, sin apenas rastro de aquel club que fue designado mejor equipo del mundo en 2004 por la IFFHS y que en 2000 y 2001 fue subcampeón de la Copa de Europa y degradado ahora como principal proveedor de jugadores del equipo azulgrana.

No hay más parecidos razonables entre una y otra entidad que el que simbolizan las figuras de Javier Mascherano y Enzo Pérez, adalides del fútbol prosaico y belicoso, representantes de los kamikazes que facturan el trabajo sucio desde las trincheras. Tipos abruptos, solidarios, detestables para los rivales, invisibles a veces para los espectadores, pero comprometidos y garantes de camisetas de sudor, sangre y bronca. Émulos de Charles Bronson o Clint Eastwood, aunque actores de reparto que aparecen con letra pequeña y en el último lugar de los créditos de la película.

Argentinos, internacionales con la celeste, centrocampistas, treintañeros y peleados con el gol. Ni Masche ni Pérez han marcado un gol con sus actuales equipos. Más notorio en el caso del azulgrana, que cumple ya su séptima temporada y más de doscientos partidos, menos flagrante el caso del valencianista, sesenta partidos jugados y eso que sus fichajes superaron los veinte millones de euros. Pero su relación con el gol es una entelequia, un enigma indescifrable que ningún técnico ha logrado remediar. Y el arco iris como metáfora de su imposible.

Paisanos pero en las antípodas de leyendas como las de Maradona y el vigente Messi y de las del Matador Kempes y el Piojo López, aquel supersónico delantero que amargó tantas cenas a Van Gaal, Hesp y todo el barcelonismo. Tan argentinos unos y otros, tan divergentes aquellos y éstos.

Ni Mascherano ni Pérez juegan en su posición natural por exigencias del guión. El de San Lorenzo tuvo que retroceder hasta el eje de la defensa desde el pivote defensivo donde Busquets marcaba territorio como propietario de la plaza por diez años mientras que el de Maipú tenía que hacer improvisadamente de Albelda sacrificando sus virtudes como interior avanzado o jugador de enganche en la media punta.

El valencianista, en esa posición, hizo bastantes goles en el Estudiantes y unos cuantos en el Benfica, donde destacaba por su llegada y capacidad de definición. De aquel irreconocible Pérez apenas queda rastro en youtube. No así el barcelonista, tan enérgico en sus acciones como tímido en el remate y sólo dos goles en su currículo, uno con River y el último con el Liverpool en 2008.

Alquimistas del equilibrio, cualificados agentes de los intangibles, dan más de lo que se ve y se les añora sobre todo cuando no están. Proscritos de sus posiciones naturales, inhabilitados para alcanzar el área del rival, allende de donde se gesta el éxtasis futbolístico en la red contraria, está por cumplirse la utopía de que celebren un gol propio para que la leyenda urbana no les señale. Ese día el arco iris será albiceleste.

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