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opinión

Ni santos, ni difuntos

Está claro que algo no funciona en la planta noble cuando se apuesta todo al rojo para cambiar enseguida al negro. Eso lo sabe hasta el que confunde un balón con una caja de zapatos...

2/11/2016 - 

VALENCIA. A riesgo de parecer repetitivo y entrar en bucle, vengo a decirles que es cuestión de paciencia. La situación del equipo solo se soluciona con tiempo. Tiempo para entrenar, tiempo para conocerse, tiempo para valorar y, si se decide, tiempo para fichar. Mientras tanto, lo único que nos queda es agarrarnos cabreos monumentales por derrotas en el último segundo y mosqueos más monumentales aún por empatar contra el Depor sin superlativo. Está claro que algo no funciona en la planta noble cuando se apuesta todo al rojo para cambiar enseguida al negro. Eso lo sabe hasta el que confunde un balón con una caja de zapatos. O podemos hablar de la descompensación de la plantilla en algunas posiciones detectadas hasta por mi vendedor de cupones. Pero eso ya es agua pasada. Por lo menos hasta que se abra el mercado de invierno, donde se puede rectificar, donde se puede solucionar puntualmente todas las carencias que el director deportivo no supo, o no pudo, resolver cuando ustedes y yo andábamos con el añorado bañador y los pies en remojo. 

Pero, ahora, es tiempo de jugadores. Tiempo de saber con quienes puede contar o no Prandelli. Las buenas caras y la predisposición sirviente al nuevo jefe duran poco. Todos son santos, todos son víctimas del anterior jefe, que no les motivaba, que no sabía explotar las cualidades individuales. O que tenían mala suerte porque una exnovia le hacía vudú y las tiraba todas fuera, aparte de lesionarse de manera estúpida. Como dicen los filósofos de azucarillo, las mentiras tienen las *patas* muy cortas y el que a la mínima se esconda, perderá argumentos. El que por sistema las tire fuera de la red, disparará en solitario. El que tenga el bonobús de la enfermería, residirá en el olvido. Y todo esto es cosa de Prandelli y el tiempo. De conocer, de calar a todos los chavales. Y si no le valen algunos, que sea por sus actos, no por los entornos. 

Lo que no tenemos que perder nunca es la perspectiva. Grande conjuga con el pasado. Grande es nuestro estadio, los dos. Y grande es y será la afición. Pero los números y las cifras de las recientes temporadas no dicen eso. Cojan el álbum de cromos de sus hijos o sus sobrinos y observen las últimas clasificaciones. Yo, a falta de, lo he hecho con el mío. Y me sirve para dos cosas, para ser eternamente joven volviendo a pegar los fichajes y para comprobar que lo nuestro es, a día de hoy, rancio abolengo. 

Son cifras, son números. Y esos nos dicen que no. Que ahora no es nuestro momento. Que se han hecho las cosas muy mal. Demasiado. Que los anteriores dueños la fastidiaron a base de bien. Y que los nuevos, de momento, parecen no saber de este negocio tan diferente llamado fútbol. Pero bueno, no es nuevo. Cuando en otros tiempos, empresarios locales, en esta y en otras ciudades, gobernaban equipos de fútbol a base de puro y copazo, dejaban de lado la cabeza para dirigir con el corazón, o la mala leche. Y así les iba. Así que la partida de nacimiento tampoco es pasaporte a hacer las cosas bien. Miren si les digo que, incluso, es malo, por las decisiones en caliente que siempre se toman. 

Estamos en ese punto en el que una victoria en Gijón y un casi empate contra el Barça nos hace ver un campo verde dos días después de ser rociado con napalm. Y no. No lo es. Quizá nunca sea de ese verde reluciente que todos tenemos en mente y nos tengamos que conformar con un verde menos bonito, más jugado a la contra y con otras batallas menores, con copas del ko y respetables posiciones entre el quinto y el octavo. Y quizá haya que decirlo más. La mayoría vivimos eso y no tifamos ni por Barça ni por Madrid. 

Pero todo esto es cuestión de jugadores y entrenador. Pero no ahora. Ni calvos, ni con tres pelucas. Ni santos ni difuntos.

 

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