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Paris rouboix

Van Avermaet se proclama en Roubaix rey del "Infierno del Norte"

9/04/2017 - 

VALENCIA. El belga Greg Van Avermaet
(BMC), en un alarde de fuerza y sentido táctico, sumó este domingo a su palmarés la 115 edición de la París-Roubaix, la "reina de las clásicas", tras ganar el pulso al esprint al checo Zdenek  (Quick Step) y al holandés Sebastian  (Cannondale).

Van Avermaet, de 31 años, remata una temporada de ensueño en las clásicas con el triunfo más importante de su carrera, que se decidió en el velódromo de Roubaix ganando por velocidad, al más puro estilo del ciclismo en pista, a sus compañeros de fuga en los últimos 25
kilómetros.

El ciclista de Lokeren invirtió un tiempo de 5h.40.07, en el trayecto de 257 kilómetros entre Compiègne y el velódromo de Roubaix, donde se vivió un ambiente especial para despedir al belga
Tom Boonen, cuatro veces ganador, en su última carrera de su trayectoria profesional.

Avermaet, rey en el "Infierno del Norte", remató una temporada estelar en las clásicas de primavera logrando el adoquín que distingue al héroe de una carrera que se disputa desde 1896, que se une a sus éxitos en la Omloop Het Nieuwsblad, E3 Harelbeke y Gante-Wevelgem.

Partía como favorito el jefe de filas del BMC junto al eslovaco Peter Sagan, pero solo él pudo demostrar tal condición, pues el Eslovaco fue víctima de un problema mecánico en el momento clave de la carrera, cuando estaba enlazando con el grupo de cabeza pasado el sector adoquinado de Mons-en-Pévèle, a 32 de meta. 

Tampoco pudo tener su retirada soñada Tom Boonen, aunque "Tommeke" lo intentó. No llegó dentro del "top ten", pero difícilmente tendrá otro corredor el reconocimiento y apoyo que le
dispensó la afición a lo largo de todo el recorrido.

Una Roubaix muy rápida desde el banderazo de salida, lo que impidió que cuajaran los intentos de fuga iniciales. Con más kilómetros adoquinados que otros años, un total de 55 en 29 tramos,
hubo respeto entre los favoritos hasta la hora de la verdad.

En Arenberg (km 161) se produjo la primera criba en el pelotón y más tarde en Mos en Pevele quedaron 14 hombres en cabeza, donde el italiano Daniel Oss (BMC), en un trabajo impagable para Avermaet, y el belga Stuyvens (Trek) mostraron ambición con una escapada previa que obligó a moverse a los favoritos.

La selección estaba hecha con Oss, Stuyven, Moscon, Claeys,
Roelandts, Keukeleire, Chavanel, Van Baarle, Boonen, Sagan, Degenkolb, Van Avermaet, Langeveld y Zdenek Stybar.

Oss, que había marchado escapado anteriormente, volvió a probar
suerte a 30 km de meta, pero Stybar impidió que la aventura del
italiano llegara lejos. El impulso del checo filtró el grupo de elegidos, que finalmente se iban a ver las caras en el Carrefour de
l'Arbre, a 15 km de meta.

Entraron al lugar clave con una veintena de segundos Avermaet, Stybar, Langeveld, Moscon, Roelandts y Stuyven. Un sector cinco estrellas que no era el más largo (2.100 metros), ni el más técnico,
pero era la última ocasión para definir la carrera.

Por ello atacó con ambición Van Avermaet, a cuya rueda se
soldaron Stybar, un triple campeón mundial de ciclocross, y Langelveld, el de menos palmarés del trío que iba a jugarse la carrera. Las ilusiones de Boonen y de Sagan ya se habían esfumado.

Se entendió el trío de cabeza para superar las últimas dificultades de Gruson, Willems à Hem y Roubaix, a un paso del
velódromo. Se abría la batalla táctica, el control y las argucias que da la experiencia.

Avermaet llevó el peso de las operaciones, convencido de sus fuerzas, pero Stybar sabía que  no debía jugarse su suerte en el
velódromo al esprint. Lo intentó el checo a 4 km de meta, sin suerte. Avermaet saltó como un resorte a por él. Lo probó con más pena que gloria Langeveld a 2,8 km, sin convencimiento alguno.

Los tres entraron al velódromo a discutir la gloria de la carrera más simbólica del calendario. Con los perseguidores cerca, Avermaet, Stybar y Langeveld empezaron a mirarse, casi parados, esperando a
ver quien tiraba la primera piedra, que podría ser la definitiva.

Arrancó Stybar coincidiendo con la llegada del grupo de atrás,
respondió Van Avermaet, a tiempo, con buen cálculo, para alzar los
brazos al cielo. Acababa de conquistar su primera París Roubaix. El
adoquín de oro para el campeón olímpico.

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