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OPINIÓN

Un poco de Filip Kostic

Si no estamos ante la primera serpiente estival, por tales pretendientes, sería digno de elogio que Suso lo pueda sacar por menos de 20 millones, no digamos si lo hace por debajo de los 15...

22/06/2016 - 

VALENCIA. Mi primera vez con Kostic acabó mal. El serbio saltó al Volksparkstadion decidido a amargarnos la noche. Noche en Alemania, un día cualquiera, son las cuatro de la tarde. El Haesvau vivía uno de esos momentos de autoengaño colectivo que se prodigan tanto a orillas del Elba y el Stuttgart llegaba desahuciado a la segunda mitad; hasta que su extremo zurdo se puso a acuchillar norteños como si de Ramsay Bolton en un festival se tratara.

Cuando acabó, sólo quedaron hombres desollados sobre el terreno y algunas cabezas clavadas en picas. Tras aquello, el Hamburgo tuvo que ir a meter un gol en el descuento para salvarse al tiempo que el equipo suabo se coló en la zona noble empujado por su extremo izquierdo. Un chaval de 21 años había salvado él sólo a todo un Stuttgart.

Algún descerebrado ya lo comparó con Vicente — otra vez el nefasto doblete manchándolo todo — para vender la moto. Ni idea tiene. El único jugador nacido para desbancar al puñal se llamaba Eljero Elia, y quedó en el camino. No por culpa de sus tobillos, sino de sus neuronas. Kostic es otra cosa. Puestos a alcanzar el absurdo, diríamos que Kostic es un Gareth Bale.

Lo es — quitando la exageración — porque su fuerte es la velocidad, romper las espaldas y brillar en la autopista. Sin espacios queda en poco. Una jugada así este curso ante el Eintracht Frankfurt le dio fama en Reino Unido, una semana pasó danzando por tabloides y televisiones, en gifs y en vines. Estaba viviendo su resurrección tras un estancamiento que predecía el fin del efervescente extremo serbio.

Porque la vida de Kostic en el sur alemán nunca fue sencilla. Con Armin Veh era carne de banquillo, y con Huub Stevens ni siquiera entraba en las convocatorias. Era un caballo por domar, con unos defectos tremendos y unas carencias que se antojaban insalvables para los estándares de la Bundesliga. Pero el chico quiso. Admirador de Novak Djokovic como es, se puso a seguir sus métodos de entrenamiento. Cambió su dieta, se construyó un terrenito en casa para mejorar el control de los espacios, y se puso a trabajar. "Ahora tengo más energía para hacer las cosas", confesó cuando le preguntaron sobre sus nuevo hábitos alimenticios.

Si buscamos al culpable de que estemos hablando de él hay que mencionar a Thomas Schneider. Le dio carretera y le privó de exigencias defensivas. En ese preciso momento el Stuttgart llegó resucitado a Hamburgo para destrozar al equipo local. Schneider jugaba a la contra y al intercambio de golpes. Donde el serbio es letal en sus uno contra uno.

Tal vez el maridaje entre baile de entrenadores y bisoñez explique en parte el hundimiento del Stuttgart. Porque por jugadores es inexplicable. Tenía buen equipo el club de la Mercedes. Timo Werner; Baumgartl;  Harmik; Taschi; Daniel Didavi... tanto que en febrero de 2016 se hablaba de jugar competición europea. Tanto, que Robin Dutt, director deportivo, auguraba en marzo que un Kostic a ese nivel no saldría por menos de 30 millones.

Sabía de lo que hablaba Dutt. Durante el verano de 2015 el Stuttgart rechazó una oferta de 20 quilates del Schalke porque daban por hecho que acabaría en la Premier League por un montante superior. El mismo jugador aceptó quedarse sabedor que durante este curso adquiriría los requisitos necesarios para optar al permiso de trabajo en Reino Unido. Su destino natural en boca de los entendidos.

Pero entonces apareció Alexander Zorniger y volvió a morir — un aviso para Pako — al plantear un equipo basado en el engaño del tiki-taka. Zorniger acabó con los extremos, hizo que sus chicos dejaran de correr. Pausó el ritmo y obligó a jugar por dentro. Un desastre morrocotudo que penalizó las virtudes de sus mejores hombres. 2016 empezó con el milagro de Jürgen Krammy, quien volvió a reactivar al Stuttgart dejando diez jornadas de invicto con actuaciones estelares ante Wolfsburgo o Hertha, donde Kostic recuperó su nivel.

Krammy es un hombre vital para el serbio. No sólo dio consistencia al grupo con un 4-2-3-1 sino que enseñó a Kostic a ir también hacia atrás. Con Krammy es cuando le vemos bajar a robar balones, a implicarse en tareas defensivas. Y además, a trotar la banda como un descosido ejerciendo de asesino. El Stuttgart de Krammy era un Stuttgart mejor, donde Kostic encontraba líneas de pase, estaba más arropado y su misión no se reducía única y exclusivamente a correr y correr. Este último año ha mejorado mucho táctica y defensivamente.

No se trata de engañar, el chico tiene muchos defectos por pulir. En ocasiones asemeja a un scalextric, danza pegado a la línea de cal y repite acciones como un autómata. Pero también tiene virtudes que un entrenador que sepa evolucionar futbolistas puede explotar. Es un diamante en bruto acostumbrado estos años a tirar del carro en situaciones de gran presión ambiental.

Confieso que desconfío ante estos trasplantes, pero también están ahí las evidencias de todos esos emigrados a ligas potentes que han cumplido con creces. Podría decirse que hacerlo en Inglaterra es natural por cuestiones de físico y velocidad, pero los bundesligos que volaron del nido también cumplieron en entornos más complejos como el Calcio o la Roures Dual League. Ahí, al menos, hay una esperanza.

Aun así me sorprende que las noticias anuncien su inminente llegada. Y más que el Valencia pueda fichar a un jugador con su mercado. Su club siempre resistió ante ofertas sucosas provenientes de la liga local. En mayo, se hablaba de Wolfsburgo y Dortmund aireando la chequera por él. Si no estamos ante la primera serpiente estival, por tales pretendientes, sería digno de elogio que Suso lo pueda sacar por menos de 20 millones, no digamos si lo hace por debajo de los 15.

 

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