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Ser un niño valencianista

No, nunca fue fácil ser niño valencianista. Probablemente no lo haya sido nunca. Así que deja de preocuparte afligido padre primerizo y no des más la tabarra. Tu niño no acabará en las drogas por culpa de esta asqueante situación, ni le ocurre nada que no nos haya pasado a todos nosotros

15/03/2017 - 

VALENCIA. En mi época sólo había un madridista en el colegio, un andaluz emigrado a mitad curso que pasó de personaje exótico a dueño del patio en cuanto abrió la boca. Se hizo con el mando porque estábamos acomplejados; su superioridad moral en términos de militancia aplastaba al resto. El Valencia, entonces, se vivía con dolor y en la clandestinidad.

―¿Eres del Valencia?

―¡Calla, que nos mirarán mal!

Era un tiempo donde soñar en voz alta con ganar una triste Copa del Rey como único éxito antes de irse a la tumba suponía que se rieran en tu cara. Cierto, también eran tiempos donde el fútbol no estaba bien visto: nicho de zoquetes y salvajes en el cual era una aberración tener futbolistas leyendo libros (Valdano, Pardeza...etc). Futbolero y del Valencia era un doble estigma.

En el mejor de los casos pasabas por un niño enfermo, incluso tu abuela te miraba con pena: "El futbol és per a tontos", me decía la mía antes de marchar en busca del cura y emprender un exorcismo en el salón.

Eso era en mi época, una época rara, donde no se ganaba nada, el fútbol no salía de los domingos, habían Karlsruhes; socialdemócratas; Salamancas; Aristizábal; un Vila-real en segunda B te eliminaba de cuartos de la Copa; Guadix; Fonseca; Paco Roig y la losa de unos ignominiosos años 80 (que afortunadamente no viví) impregnándolo todo.

Juro que todo eso existió. Aunque empiezo a tener dudas acostumbrado a leer, escuchar y sufrir la posverdad esta que hace ley de la anécdota. "Mi hijo ya no quiere ir al fútbol"; drama. Tampoco quiere comerse las verduras, ir al colegio, o pasarse la tarde del sábado de tiendas. La vida de un niño no es fácil, es un mar de dudas y terrores donde sólo hay espacio para la diversión mientras el mundo juega en su contra.

Pero parece que tras ello hay implementada una historieta mucho más capciosa que intenta establecer que aquí nos criamos todos con un Valencia ganando Copas de Europa a granel y cuyos peores jugadores no pasaban de Papin y Gullit.

Y una mierda, colega. Y una mierda.

Nuestro amigo andaluz dio otro golpe de Lannister al disfrazarse de Butragueño (encima se parecía a él) en un carnaval escolar; otros sin embargo decidimos ir de Rambo, que estaba mejor visto. Era el puto amo, se paseaba como un rayo de sol en un nido de vampiros, despertando el asombro y el terror de la población allá por donde pasaba.

Tenía tan interiorizado su rol que en los partidos del recreo jugaba como todo buen madridista, dando patadas, empujones y chutando de puntera con impunidad; sabía que el árbitro no diría nada.

No, nunca fue fácil ser niño valencianista. Probablemente no lo haya sido nunca. Así que deja de preocuparte afligido padre primerizo y no des más la tabarra. Tu niño no acabará en las drogas por culpa de esta asqueante situación, ni le ocurre nada que no nos haya pasado a todos nosotros. Es más, tu niño tiene la fortuna de ser tal cosa en pleno 2017. Porque creo que hablo por todos los niños de mi generación, y tal vez de todas las anteriores, si digo que ya nos hubiera gustado a nosotros ser un chaval hoy.

Hoy, existiendo una masa en la cual abrigarse, un pasado reciente más afortunado, mayor cobertura mediática que en un siglo entero, pudiendo llevar camisolas y mochilas presumiendo orgullosamente de lo que uno es sin estigma alguno al encontrar un Valencia con estatus y un fútbol mejor visto social y culturalmente. El resto, las agonías, las vergüenzas, las humillaciones, los tortazos... configura la historia de un club subido en una montaña rusa de 98 años de extensión formando parte del proceso que teje la militancia. Sin ello no seríamos como somos, y mucho menos, aquello que somos.

Alégrate, tu hijo, a pesar de todo/s, siempre será del Valencia.

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